Un adulto se precia de tener todas las respuestas. Un niño tiene todas las preguntas. La creatividad necesita de mantener dientes de leche de por vida. El dominio del expertise nos aleja de la inquietud. El arte de la pregunta constante nos acerca a las “nuevas respuestas”.

Para tener cientos de respuestas es imprescindible realizar miles de preguntas. Es una conclusión que aunque parezca, en un punto obvia, y en otro disparatada me ha llevado años tomarla con más asidero que duda. Y para llegar a la conclusión fue necesario….realizarme infinidad de preguntas. Y la creatividad no es la excepción. La pretensión de seguridad que nos ofrecen distintos paradigmas, dogmas, estructuras de pensamiento no hace más que impedirnos llegar hacia un estadio superior. Quizá una escalabilidad en el pensamiento de varios eslabones a la vez. No lo sé, pero no tengo dudas que la escalabilidad se estanca en estadios perennes cuando la capacidad de preguntar, preguntarse, preguntarle y preguntarnos permanece silenciada. La mutación de tácticas y estrategias, la posibilidad de generación de experiencias inéditas para los jugadores se revela como menos que utópico ante personalidades que tienen más respuestas que dudas. Por ello, a veces el saber, en el sentido de apropiación de grandes capacidades de conocimiento, puede evidenciarse como una valla a sortear para la generación de las nuevas preguntas relevantes.

Si creo que sé, existe la posibilidad de caer en la trampa de las certezas cognitivas. Solo las grandes personalidades de distintos ámbitos son capaces de sustraerse de los grandes conocimientos que los distinguen para, por momentos, llegar a realizarse las preguntas que se cuestiona un niño. Claro que, en un proceso donde no se conocen las secuencias de manera clara, espontáneamente, esa pregunta se conecta con los conocimientos pre-establecidos para arribar a una nueva pretensión cognoscitiva. Para preguntarse se requiere humildad. Más aún para preguntar. Cuantas personas andan por ahí escondiendo sus dudas, tapando sus inquietudes, ocultando sus falencias. La apariencia de conocimiento es también una barrera, aunque distinta a la anterior, de apropiarse de nuevas respuestas a partir de nuevas preguntas.

La vanidad cognoscitiva o la vergüenza del desconocimiento son, entre otros, causales de estancamiento intelectual y taponamiento para la creación prolífica de nuevas ideas. Conocerlas es un paso importante para superarlas. Admitirlas es el paso definitivo para abordar un estilo de pensamiento nuevo y productivo.